La joya del Pacífico. Primeros pasos de la presencia española en la colonia de Filipinas

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La joya del Pacífico. Primeros pasos de la presencia española en la colonia de Filipinas

El descubrimiento de la vía de comunicación entre Filipinas y Nueva España (México), la ansiada “vuelta de Poniente”, dio continuidad a la incipiente presencia hispana en el archipiélago asiático. Pero el impulso definitivo fue la conquista de Manila en 1571. Estratégicamente situada en la costa occidental de la isla de Luzón, la futura capital colonial era por entonces un poblado musulmán que se levantaba en la margen izquierda del río Pasig, asomado a una gran bahía. A poca distancia se encontraba el puerto tagalo de Kawit, que era frecuentado desde hacía mucho tiempo por los mercaderes de la región y tenía un papel importante como centro comercial del Pacífico asiático.

Fundación de Manila por Legazpi, oleo de Telesforo Sucgang

Consciente de la importancia de conquistar la plaza para la posterior conquista de la isla de Luzón y la estabilidad de la colonia, Miguel López de Legazpi dirigió la operación en persona. Su trabajo se vio favorecido por las disensiones internas que enfrentaban a los gobernantes musulmanes de la región. Tras algunos combates, Legazpi logró que el sultán Rajamora le cediera el lugar que ocupaba para fundar la Manila española. La toma de posesión se hizo el 19 de mayo de 1571.

Legazpi distribuyó solares y tierras entre sus soldados y eligió el emplazamiento de la plaza mayor, donde habría de construirse la catedral y las sedes del gobernador y del cabildo. Asimismo ordenó acabar la empalizada que habían comenzado a construir los anteriores moradores y levantó un fuerte de madera. Trece años después, siendo gobernador Santiago de Vera, se construyeron los primera fuertes de piedra, entre el mar y el río, y la ciudad fue cercada por una muralla.

La Manila intramuros presentaba el trazado en damero de otras ciudades hispanas de América, con las calles tiradas a cordel perpendiculares unas a otras. El conjunto tenía forma de trapecio irregular, con un frente que daba al mar y otro que seguía la orilla del Pasig, su foso natural.

A finales de 1574, el sucesor de Legazpi, Guido de Lavezares, recibió una embajada del emperador de China para establecer relaciones comerciales regulares con la pequeña colonia insular. Desde entonces, cada año durante los meses de mayo y junio llegaban a Manila numerosos juncos chinos cargados de mercancías, cuya selección se fue acomodando a los gustos de los españoles. Al principio, los mercaderes chinos regresaban a su país, pero con el tiempo muchos acabaron afincándose en el barrio de Parián, construido en 1559 fuera de las murallas, en la otra orilla del río Pasig.

Mercado de Parian, por Ravener, siglo XVIII

A diferencia de la población española, que se adaptó con dificultad al medio y que siempre fue relativamente reducida, el crecimiento de la comunidad china de Manila, los sangleyes, fue espectacular. En 1601, el Parián contaba con 300 tiendas y tenía una población de unos 4.000 chinos, y en sólo treinta años pasaron a ser más de 30.000, para alarma de las autoridades coloniales. Esta situación, agravada por las sublevaciones sucesivas que protagonizaron los sangleyes, provocó una fuerte desconfianza hacia este grupo. Sin embargo, los chinos ejercían una función crucial en la vida de Manila, ya que desempeñaban casi todos los oficios: eran los panaderos, los carniceros, los que controlaban el pequeño comercio y los dueños de los talleres artesanales. Además, el ayuntamiento obtenía importantes rentas derivadas de los alquileres de las tiendas del Parián, y el gobernador recibía el importe de las licencias que pagaban los recién llegados para quedarse a vivir en la ciudad. Cuando los españoles se establecieron en el archipiélago, la población indígena componía un exitoso mosaico de etnias y culturas, resultado de sucesivas oleadas migratorias procedentes sobre todo de Indonesia y Malasia. Si bien hubo mestizaje, la diversidad étnica se mantuvo en gran medida gracias a la naturaleza insular del territorio y a lo inaccesible de algunas regiones.

Estas circunstancias también dificultaron la hispanización. De hecho, algunos grupos apenas tuvieron contacto con los colonizadores. Este fue el caso de los aeta o negritos, pueblo pigmeo de raza negra y hábitos nómadas que vivían de la caza y la recolección y habitaban en las zonas más apartadas del interior, especialmente en la isla de Luzón. Ocurrió lo mismo con otros pueblos de origen indonesio que habitaban en las cordilleras del centro y norte la isla de Luzón. En cambio, los pangasinanes y los pampangos, que habitaban en el oeste de Luzón, se sometieron con facilidad y se cristianizaron rápidamente.

Mapa de Filipinas, con la isla de Luzón arriba, por Pedro Murillo Velarde

En el siglo III a.c., los malayos se habían asentado en las zonas fértiles del litoral, en Luzón, en el archipiélago de las Visayas y en Mindanao. Con un estadio cultural más desarrollado, lograron expulsar a los antiguos pobladores hacia zonas más inhóspitas. Los tagalos y los bisayas eran los grupos más numerosos. Pese a la fragmentación política que los caracterizaba, los malayos filipinos presentaban rasgos culturales similares. Su organización política y social se estructuraba en torno a los barangays, pequeñas comunidades autónomas y dispersas cuyos miembros, unas 30 o 40 familias, estaban emparentadas entre sí y eran gobernados por un jefe que los bisaya llamaban dato, y los tagalos, maguinoo

La evangelización de las islas Filipinas, uno de los principales objetivos de la corona española en la colonia, fue encomendada a las órdenes religiosas. Fue de suma importancia para la vinculación de las islas a la Corona la labor misionera de los religiosos. Con frecuencia, los misioneros actúan como intermediarios entre los nativos y las autoridades españolas de la colonia, y en más de un caso fueron el único contacto entre estos y aquellos. También ejercieron un poder administrativo en las regiones más alejadas de la capital e incluso una función militar al frente de los nativos fieles, cuando convenía someter una insurrección local. Por lo general, los filipinos aceptaron el cristianismo sin demasiada dificultad, sobre todo en las provincias cercanas a la capital, donde la población estaba más concentrada. La excepción fue la gran isla de Mindanao, en el extremo meridional del archipiélago. Allí, los llamados moros, malayos de religión musulmana, se mostraron irreductibles.

El islam, introducido por mercaderes árabes, había llegado a Filipinas a mediados del siglo XV y estaba en plena expansión a la llegada de los españoles. Los primeros focos fueron los sultanatos de Joló, Borneo y Mindanao, que poco a poco extendieron su influencia y sus creencias religiosas a las islas vecinas. Si bien la conquista española puso freno a este proceso expansivo, los moros siguieron dominando la parte meridional de Mindanao y las lagunas del centro de la isla, y jamás fueron expulsados de Joló.

Ruta del galeón de Manila

En realidad, el sur del archipiélago fue siempre un territorio fronterizo, caracterizado por una endeble presencia hispana limitada a Zamboanga, Iligan y algunas zonas costeras, que apenas podía hacer frente a las súbitas y frecuentes incursiones piratas de los moros. Con la fundación del presidio de Zamboanga, en el extremo occidental de Mindanao, en 1633 se intentó remediar la situación, pero las 6 compañías destacadas en la plaza resultaron insuficientes, aunque con su péquela flota de joangas patrullando la costa mantenían a raya a los belicosos disidentes. De ahí que cuando en 1662 se desmanteló el fuerte, cundiera la alarma entre los misioneros jesuitas, que dejaban unos 6.000 conversos entre los grupos no islamizados. El desmantelamiento del presidio de Zamboanga estuvo motivado por la necesidad de concentrar tropas en Manila ante la amenaza de un posible ataque de Coseng, el caudillo chino que se había rebelado contra la nueva dinastía reinante de origen manchú, los Quing, y se había hecho fuerte en las islas próximas al continente. Desde allí seguía hostigando a las tropas del emperador en sangrientas luchas que habían paralizado casi por completo el comercio exterior de China. La muerte de Coseng en 1663 liberó a Luzón de correr la misma suerte que Formosa, conquistada por el pirata tras expulsar a los holandeses en 1661. No obstante, el mero conocimiento de aquel ataque provocó serios desórdenes en Parián, que concluyeron con la expulsión de los rebeldes.

La colonia estaba atravesando momentos difíciles, ya que en 1660 se habían producido sublevaciones en diversas provincias, como Pampanga, Bulacán, Pangasinán e Ilocos, que fueron sofocadas por las armas. A la inestabilidad interna se unía la creciente presión que los holandeses ejercían desde las cercanas Molucas, en connivencia con los sultanatos de Mindanao y Joló, dificultando con frecuencia las comunicaciones y el comercio interior del archipiélago. Las insurrecciones indígenas respondían a causas diversas, entre ellas el descontento generalizado de la población filipina por los altos tributos que pagaban a la Corona, así como la demora en el pago de los salarios. La precariedad económica que sufrían las arcas públicas de la administración colonial era manifiesta. La falta de liquidez y el endeudamiento eran males endémicos vinculados al elevado coste que suponía el mantenimiento y la defensa de tan lejano enclave. Otras circunstancias adversas contribuyeron a agravar la situación, como fue la irregularidad en el envío del situado, la plata enviada desde la metrópoli a través del virreinato de Nueva España, destinada a mantener la administración del archipiélago.

Al no ser suficiente, la colonia oriental dependía por completo del situado que cada año transportaba la nao de Acapulco, o galeón de Manila. A veces las naves no llegaban debido a naufragios, arribadas y temporales. También hubo años en los que no se recibió suministro alguno por falta de barcos. Construirlos, suponía un gasto más que añadir al elevado coste de mantenimiento de la colonia. Con todo, en el astillero de Cavite se trabajaba a destajo para reparar los daños que sufrían los galeones en las largas travesías y en la construcción de nuevos barcos. Unos barcos que suponían la vida de la colonia, pues directamente o indirectamente todo el mundo dependía de sus idas y venidas, desde los estibadores indígenas, pasando por los mercaderes chinos y los comerciantes españoles, hasta los soldados que esperaban su sueldo.

Por eso, manila, definida por un cronista como la ciudad más hermosa, soberbia y magnífica de Oriente, parecía despertar cuando se daba el aviso de que la nao de Acapulco había arribado a la bahía.

Para leer mas:

http://www.armada15001900.net/filipinas1.htm

http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=1591738&page=649

http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_L%C3%B3pez_de_Legazpi

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