La ruta de California

La pausa del café

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La ruta de California

La fundación de los presidios de San Diego (1769) y Monterrey (1770), y la búsqueda de rutas terrestres para abastecer a las nuevas poblaciones y colonizar la Alta California impulsaron el reconocimiento de los territorios fronterizos. Junto con las expediciones promovidas por las autoridades del virreinato, se realizaron otras con afán evangelizador por los misioneros franciscanos. Entre éstos destaca la figura de Francisco Garcés (1738-1781), quien, desde su misión de San Xavier de Bac, cerca de Tucson, realizó numerosos viajes por las regiones de los ríos Colorado y Gila. Sus diarios, escritos con minuciosidad, son un valioso trabajo tanto geográfico como antropológico del Sudoeste de Estados Unido.

Los jesuitas llevaban varios años ejerciendo su labor misional en la Baja California, Sonora y la Pimería Alta, territorio de los indios pima, cuando fueron expulsados de los dominios de la Corona española en 1767. Las misiones se encontraban cerca de los presidios militares que configuraban los límites fronterizos del virreinato para, en caso necesario, recibir ayuda y protección. A principios de 1768, los trece frailes franciscanos que debían sustituir a los jesuitas salían del colegio de Santa Cruz de Querétaro hacia sus destinos respectivos. Tras una accidentada travesía entre San Blas y Guaymas que duró cuatro meses, Francisco Garcés se dirigió a San Miguel de Horcasitas para presentar sus credenciales. En el mes de junio llegaba por fin a la remota misión de San Xavier de Bac, en la actual Arizona.

Misión de San Xavier de Bac

Tras su llegada, el misionero inició enseguida sus viajes y su labor evangelizadora. En agosto se dirigió al oeste, a la región de la tribu amerindia de de los papago, y llegó hasta el río Gila. En 1770 regresó a Gila, donde entre los pima se había declarado una epidemia de sarampión, y luego siguió río abajo hasta el territorio de los indios ópata. Según el fraile, éstos tenían un carácter amistoso y eran curiosos. Sus tierras eran fértiles y cultivaban algodón, calabazas, sandías, maíz e incluso trigo. Las mujeres vestían unas faldas consistentes en una varilla que les rodeaba el cuerpo y de la que colgaban tiras hechas con corteza de sauce. El año siguiente, Garcés emprendió otro viaje que le llevó a Yuma, en la unión de los ríos Gila y Colorado, y siguió camino rumbo al oeste hasta llegar a la desembocadura del Colorado. Al final de su diario explica:

… Poco a poco comiendo pitahallas regaladísimas, llegué a Caborca ceñido con el pañuelo de narices, pues habiéndose acabado la reata, hube de valerme del cordón, y éste como viejo también se acabó: quando salí al viage estaba malo y se me hinchaban las piernas, y pensaba en salir a curarme y ahora estoy hasta la presente, gracias a Dios, sin novedad chica ni grande […]…

Indios Yuma

Garcés regresó a San Xavier de Bac convencido de que era posible encontrar una ruta terrestre que uniera Sonora y las Californias. Al mando del cercano presidio de Tubac estaba el capitán de dragones Juan Bautista de Anza, quien propuso el proyecto expedicionario al virrey Bucareli y fue el encargado de llevarlo a cabo. El 8 de enero de 1774 salía de Tubac una caravana de 34 personas, entre ellos 20 soldados de cuera de presidio, con 35 arreos de mulas, 65 reses y 140 bestias de carga y montura. Los expedicionarios llegaron a Yuma, donde les recibió el cacique indio Salvador Palma. Con ayuda de los puma cruzaron el río Colorado y siguieron su curso al sur para dirigirse después al oeste. Atravesado el desierto de Anza-Borrego, se encontraron con las montañas de la costa y tuvo que desviarse hacia el norte para hallar un paso y poder llegar a la misió de San Gabriel, cerca de la actual Los Ángeles, el 22 de marzo. Allí fue imposible proveerse de víveres y cabalgaduras, por lo que De Anza envió a Garcés con el grueso de su gente de vuelta a Yuma y siguió hacia Monterrey. La ansiada ruta a California estaba abierta.

Un año más tarde, De Anza estaba al mando de una segunda expedición, de mayor alcance que la primera, cuyo objetivo era conducir a un grupo de colonos para asentarlos en la península de San Francisco. Dicho grupo estaba formado por 240 personas, entre hombres, mujeres y niños, y cerca del millar de animales. Los frailes Garcés y Tomás Eixart les acompañaron en las primeras etapas, y el padre Pedro Font estuvo al cargo de llevar el diario y elaborar los mapas.

A nueve días de camino desde Tubac, la expedición se detuvo para descansar, y algunos de desviaron para visitar las ruinas de la Casa Grande. Garcés intuyó con acierto que los restos de cerámica que podían verse estaban relacionados con la cultura hopi o moki, pueblo amerindio que en aquella época habitaba más al norte.

Río Colorado

Cuando la columna llegó al Colorado, De Anza acampó en la costa californiana del río, a poca distancia del pueblo donde vivía Salvador Palma. El cacique expresó sus deseos de que los misioneros se establecieran en la zona y acepó gustoso sus regalos, que consistían en una casaca con la parte delantera amarilla, una capa azul adornada con galores dorados, un gorro negro bordado con piedras falsas y un escudo. Garcés y Eixart se quedaron en Yuma, y el resto retomó la marcha siguiendo más o menos la misma ruta que el año anterior, si bien De Anza tomó la precaución de formar 3 grupos para internarse en el desierto. A principios de enero los expedicionarios se encontraban ya en la misión de San Gabriel, y en marzo alcanzaban la misión del Carmelo, en Monterrey. Días después, siguiendo las órdenes del virrey, los viajeros siguieron camino hacia la bahía de San Francisco. Al llegar a su destino, De Anza eligió un lugar llamado el Cantil Blanco para ubicar el presidio, y un buen sitio, cerca de un arroyo que llamaron de los Dolores, pa construir la misión de San Francisco de Asís.

El padre Garcés permaneció un tiempo en Yuma y luego emprendió por su cuenta un recorrido de más de 3.500 km que le permitió explorar amplios territorios del Bajo y Alto Colorado. Aparte de predicar el evangelio a los indígenas, su misión era buscar caminos alternativos e informar sobre las distintas naciones indias y su disposición a convertirse en súbditas de la Corona. El fraile solía viajar acompañado de unos cuantos indios amigos que actuaban como intérpretes. Cuando esto fallaba, también recurría a las señas y al uso de estímulos visuales, como el Cristo de su crucifijo, o un lienzo pintado por ambos lados, en uno de los cuales había una representación de la Virgen con el Niño, y en el otro, un condenado sufriendo las llamas del infierno.

Poblado hopi de Oraibi

El diario de este viaje contiene interesantes reflexiones antropológicas sobre las diferentes tribus y numerosos informes acerca de las relaciones de amistad o de rivalidad existentes entre ellas. Se indican además los lugares más adecuados para fundar nuevas misiones y presidios, y los mejores caminos para comunicar las provincias de Sonora y Nuevo México con California.

En su relato, Garcés parece poco preocupado por describir el paisaje, y hace escasa referencia a la fauna y la flora de la región. Sin embargo indica con gran precisión los rumbos que seguía (llevaba consigo un cuadrante y un compás), las millas que recorría diariamente y la localización de los distintos lugares, a los que denominaba según el santo del día, como era costumbre, o con alguna característica que los identificara.

Al final del viaje el misionero intentó penetrar en territorio hopi, y llegó hasta el pueblo de Oraibi. No obstante, los hopi se negaron a escucharlo y ni siquiera aceptaron los abalorios que quería regalarles. Pese a la mala acogida, el franciscano se quedó una noche y tuvo ocasión de hacerse una idea del desarrollo alcanzado en sus construcciones:

… Las casas son de altos, unas más y otras menos, cuya disposición es ésta: del piso de la calle se levanta una pared, como de vara y media de alto, a cuyo nivel está el patio al que se sube por una escalera de quita y pon […]. En el primer piso del paio hay dos, tres o cuatro cuartos con puertas, pestillos y llaves de madera[…]. En la misma pared del patio hay otra escalera para subir a la azotea, que por lo regular está unida con las vecinas casas…

Francisco Garcés fue asesinado en 1781 por sus antiguos amigos los yuma. La revuelta yuma, en la que murieron también otros misioneros y varios colonos, estuvo motivada por el descontento de los indios ante la continua llegada de caravanas y ganado a sus tierras. Aquello supuso el abandono definitivo de la ruta abierta por Juan Bautista de Anza y volvió a dejar aisladas durante años las poblaciones de la Alta California.

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